de Academia

La Kinocefalia Pedagógica

 

 

Dr. Pedro Luis Barcia
Presidente de la Academia Nacional de Educación.


 

 
“Como nadie quiere estudiar, todo el mundo enseña”, dice el proverbio inglés. Menos riesgoso que enseñar es opinar sobre educación, por eso es que a esto se le animan muchos. Se sabe, todos los argentinos estamos habilitados a ello por haber padecido algún nivel de enseñanza. Incluso, demos un paso más: ¿por qué no proponer cambios en educación? El opinante nato nacional no opinará sobre física cuántica ni sobre espeleología, pero sobre educación, fútbol y política, sin aduana.

Autorizados por el uso, avanzo en una propuesta reformista. Se trata de la incorporación de una nueva asignatura pero de viejo ejercicio natural: la kinocefalia pedagógica. El nombre, de falso grecismo, es paquete (con este adjetivo revelo edad), ¿se lo entiende? Es la educación graduada por los movimientos de la cabeza. 

En mi pueblo había un borracho célebre, el viejo Recalde, que cada vez que iba a libar el vaso que le convidaba algún parroquiano en el bar de Orué, siguiendo con el recipiente lleno los puntos que señalaba, en el espacio decía: “Arriba, abajo, al centro y adentro”, y se embuchaba el denso tinto. Santo Tomás de Aquino habla de “la bodega vinaria del saber”, adonde conviene bajar en busca del producto. Hay vinos y vinos.

La materia propuesta supone que la cabeza del alumno debe orientarse en siete direcciones, cumpliendo con sus movimientos esenciales. El objetivo pedagógico es que el alumno maneje su cabeza y no que se la deje manejar. Que uno sea dueño de su propia cabeza y de sus direcciones es el objeto último de toda educación. Hay una actitud en la mayoría de nuestros muchachos que podríamos llamar de “perro de luneta”, que consiste en que no orientan su cabeza a voluntad sino que sus movimientos tienen que ver con los baches y accidentes del camino de la vida, y mueven su cabeza como el simpático perro de adorno de cabeza móvil en la luneta posterior del coche.(1)

 El primer movimiento prescrito para la cabeza  es hacia abajo. Mirar y ver dónde estamos parados. De qué base partimos. ¿Estamos apoyados en la realidad, o flotamos como nefelibatas sobre nubes? (2) Es adoptar una base realista firme. Es una mirada pragmática.

El segundo movimiento es orientar la cabeza hacia atrás, mirar por sobre el hombro. Así percibimos de dónde venimos, el camino recorrido, el personal propio y el común de los hombres. Es echar una mirada al pasado, que llamamos historia. En la medida en que retrocedemos en el tiempo tenemos mayor perspectiva de nuestra posición. Es, como dice Bergson, lo que hace el que salta en largo: retrocede unos cuantos metros para tomar mejor impulso y llegar más lejos.

Sin respaldo de lo vivido, de lo visto, de lo andado, de los metros recorridos, saltar en seco no nos lleva más allá de un metro o menos. Uno, al mirar atrás, ve por quiénes se ha visto acompañado y anticipado, y mata la estrechez mental argentina de pensar que todo comenzó con uno. Vivir consiste en ir encontrándose diversos padres y precursores (André Gide, dixit).

El tercer movimiento de la cabeza es la imitación de la del búho que, como tiene una solo cóndilo occipital (uno es universitario y puede hablar así) la hace girar en torno de su eje, 360º. El alumno ve en qué contexto está inserto. Ha ejecutado una re-volución, ha dado un par de vueltas en redondo, eso es etimológicamente revolucionar. ¿Qué efectos produce esto? Conocemos las circunstancias y sabemos dónde estamos situados. Percibimos con mayor nitidez lo que nos rodea: lo que está bien, lo confuso y lo que está mal. Entonces ahora sí se puede ser “revolucionario”: intentar cambiar la realidad a partir de la estimación que hemos hecho de cómo ella está. Para ser revolucionario primero hay que revolucionar. Este movimiento rotativo del lechuzón nos da una dimensión social.

El cuarto movimiento consiste en mirar, alternativa y cuidadosamente a la izquierda y a la derecha de sí. La izquierda, para una tradición cultural, es el extravío moral, y en lo ideológico, lo extremo revolucionario hasta lo ácrata; la derecha es el exceso de normativa ética, la muerte de la libertad moral y el autoritarismo político, hasta el totalitarismo. En el medio radica la virtud, dice la sentencia romana. Este ejercicio evita los extremos de signos opuestos y nos pone en un fiel de balanza calibrada.

El quinto movimiento de la cabeza es el más difícil, se asemeja al gesto de “qué me importa”: metemos la cabeza entre los hombros que se alzan. Consistiría en meter la cabeza hacia adentro: mirar dentro de nosotros. Ese viaje exploratorio al interior, de intranauta del propio espíritu es complejo. Mirar dentro de nosotros tiene dos dimensiones: el autoconocimiento y la reflexión, inclinarse dos veces sobre algo. Logramos conocer una dimensión psicológica.

El sexto movimiento de la testa consiste en mirar hacia arriba. Con él abordamos una doble dimensión: metafísica y religiosa del hombre. Nos lleva más allá de la naturaleza y nos religa. Pero no hay que alienarse con esta mirada, permaneciendo en ella, y recordar lo que el ángel, que la tenía clara, les dijo a los discípulos de Cristo que veían a su Maestro ascender a las alturas: “Varones de Galilea, ¿qué hacen mirando al cielo?” (Hechos de los apóstoles, I, 9-11). Enriquecidos de esa perspectiva cenital, se debe volver al mundo, y aterrizar, sin aterrarse, para redimir las estructuras terrenas.

El séptimo movimiento consiste en mirar hacia delante, a lo cercano y a lo distante, a lo que se nos muestra y a lo que se nos insinúa. (3) Esto facilita la lectura de los signos de los tiempos, por lo que podemos ventear algo de lo adveniente, y hasta ser medio proféticos. Esa es la mirada proyectual y utópica. La utopía radica en la propuesta a futuro de aquello positivo de lo que carecemos hoy y dibujamos el proyecto que es el camino en que nos empeñamos para lograr la tierra utópica.
 
En síntesis, si la kinocefalia pedagógica ha sido bien cumplida usted tendrá un egresado con la cabeza abierta, esponjosa, situada, flexible, centrada, utópica y proyectista, que sabe de dónde parte y a dónde quiere llegar. Lo que Montaigne llamaba “una cabeza más bien formada que llena”. Advierto al lector que la frase del padre del ensayo francés, en su contexto no se refiere originalmente al alumno sino al docente. La frase completa y mal interpretada dice: “Quisiera yo que (al niño) se le escogiera con cuidado un preceptor con la cabeza más bien formada que llena”. (4)

Colega docente, a nosotros apela: nadie puede enseñar lo que no sabe hacer: mover debidamente la cabeza. Por eso, los institutos de formación docente deberían colocar en el frontispicio, como la otra frase pitagórica, un lema que diga: “Nadie entre aquí si no sabe mover sensatamente la cabeza”.
   
  Notas
1.- Están los que cumplen con la explicación del padre al chico que le preguntaba: “¿Por qué se mueve la veleta? El padre, político argentino, le respondió: “Para indicar al viento hacia donde debe soplar”.
2.- El término lo aplicó Aristófanes. Y un coplista argentino lo utilizó: “Ten cuidado donde pisas/ no seas nefelibata/ porque en las nubes también/ se puede meter la pata”.
3.- McLuhan nos advertía, ya hacia 1970 que: “Manejamos hacia delante mirando por el espejo retrovisor”.
4.- De la educación de los niños, Essais, Libro I, XXV. Creo acertado traducir lo de “faite” como “formado” o “bien dispuesto”, más que como “hecho”.
 
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La Kinocefalia Pedagógica

 

 

Dr. Pedro Luis Barcia
Presidente de la Academia Nacional de Educación.


 

 
“Como nadie quiere estudiar, todo el mundo enseña”, dice el proverbio inglés. Menos riesgoso que enseñar es opinar sobre educación, por eso es que a esto se le animan muchos. Se sabe, todos los argentinos estamos habilitados a ello por haber padecido algún nivel de enseñanza. Incluso, demos un paso más: ¿por qué no proponer cambios en educación? El opinante nato nacional no opinará sobre física cuántica ni sobre espeleología, pero sobre educación, fútbol y política, sin aduana.

Autorizados por el uso, avanzo en una propuesta reformista. Se trata de la incorporación de una nueva asignatura pero de viejo ejercicio natural: la kinocefalia pedagógica. El nombre, de falso grecismo, es paquete (con este adjetivo revelo edad), ¿se lo entiende? Es la educación graduada por los movimientos de la cabeza. 

En mi pueblo había un borracho célebre, el viejo Recalde, que cada vez que iba a libar el vaso que le convidaba algún parroquiano en el bar de Orué, siguiendo con el recipiente lleno los puntos que señalaba, en el espacio decía: “Arriba, abajo, al centro y adentro”, y se embuchaba el denso tinto. Santo Tomás de Aquino habla de “la bodega vinaria del saber”, adonde conviene bajar en busca del producto. Hay vinos y vinos.

La materia propuesta supone que la cabeza del alumno debe orientarse en siete direcciones, cumpliendo con sus movimientos esenciales. El objetivo pedagógico es que el alumno maneje su cabeza y no que se la deje manejar. Que uno sea dueño de su propia cabeza y de sus direcciones es el objeto último de toda educación. Hay una actitud en la mayoría de nuestros muchachos que podríamos llamar de “perro de luneta”, que consiste en que no orientan su cabeza a voluntad sino que sus movimientos tienen que ver con los baches y accidentes del camino de la vida, y mueven su cabeza como el simpático perro de adorno de cabeza móvil en la luneta posterior del coche.(1)

 El primer movimiento prescrito para la cabeza  es hacia abajo. Mirar y ver dónde estamos parados. De qué base partimos. ¿Estamos apoyados en la realidad, o flotamos como nefelibatas sobre nubes? (2) Es adoptar una base realista firme. Es una mirada pragmática.

El segundo movimiento es orientar la cabeza hacia atrás, mirar por sobre el hombro. Así percibimos de dónde venimos, el camino recorrido, el personal propio y el común de los hombres. Es echar una mirada al pasado, que llamamos historia. En la medida en que retrocedemos en el tiempo tenemos mayor perspectiva de nuestra posición. Es, como dice Bergson, lo que hace el que salta en largo: retrocede unos cuantos metros para tomar mejor impulso y llegar más lejos.

Sin respaldo de lo vivido, de lo visto, de lo andado, de los metros recorridos, saltar en seco no nos lleva más allá de un metro o menos. Uno, al mirar atrás, ve por quiénes se ha visto acompañado y anticipado, y mata la estrechez mental argentina de pensar que todo comenzó con uno. Vivir consiste en ir encontrándose diversos padres y precursores (André Gide, dixit).

El tercer movimiento de la cabeza es la imitación de la del búho que, como tiene una solo cóndilo occipital (uno es universitario y puede hablar así) la hace girar en torno de su eje, 360º. El alumno ve en qué contexto está inserto. Ha ejecutado una re-volución, ha dado un par de vueltas en redondo, eso es etimológicamente revolucionar. ¿Qué efectos produce esto? Conocemos las circunstancias y sabemos dónde estamos situados. Percibimos con mayor nitidez lo que nos rodea: lo que está bien, lo confuso y lo que está mal. Entonces ahora sí se puede ser “revolucionario”: intentar cambiar la realidad a partir de la estimación que hemos hecho de cómo ella está. Para ser revolucionario primero hay que revolucionar. Este movimiento rotativo del lechuzón nos da una dimensión social.

El cuarto movimiento consiste en mirar, alternativa y cuidadosamente a la izquierda y a la derecha de sí. La izquierda, para una tradición cultural, es el extravío moral, y en lo ideológico, lo extremo revolucionario hasta lo ácrata; la derecha es el exceso de normativa ética, la muerte de la libertad moral y el autoritarismo político, hasta el totalitarismo. En el medio radica la virtud, dice la sentencia romana. Este ejercicio evita los extremos de signos opuestos y nos pone en un fiel de balanza calibrada.

El quinto movimiento de la cabeza es el más difícil, se asemeja al gesto de “qué me importa”: metemos la cabeza entre los hombros que se alzan. Consistiría en meter la cabeza hacia adentro: mirar dentro de nosotros. Ese viaje exploratorio al interior, de intranauta del propio espíritu es complejo. Mirar dentro de nosotros tiene dos dimensiones: el autoconocimiento y la reflexión, inclinarse dos veces sobre algo. Logramos conocer una dimensión psicológica.

El sexto movimiento de la testa consiste en mirar hacia arriba. Con él abordamos una doble dimensión: metafísica y religiosa del hombre. Nos lleva más allá de la naturaleza y nos religa. Pero no hay que alienarse con esta mirada, permaneciendo en ella, y recordar lo que el ángel, que la tenía clara, les dijo a los discípulos de Cristo que veían a su Maestro ascender a las alturas: “Varones de Galilea, ¿qué hacen mirando al cielo?” (Hechos de los apóstoles, I, 9-11). Enriquecidos de esa perspectiva cenital, se debe volver al mundo, y aterrizar, sin aterrarse, para redimir las estructuras terrenas.

El séptimo movimiento consiste en mirar hacia delante, a lo cercano y a lo distante, a lo que se nos muestra y a lo que se nos insinúa. (3) Esto facilita la lectura de los signos de los tiempos, por lo que podemos ventear algo de lo adveniente, y hasta ser medio proféticos. Esa es la mirada proyectual y utópica. La utopía radica en la propuesta a futuro de aquello positivo de lo que carecemos hoy y dibujamos el proyecto que es el camino en que nos empeñamos para lograr la tierra utópica.
 
En síntesis, si la kinocefalia pedagógica ha sido bien cumplida usted tendrá un egresado con la cabeza abierta, esponjosa, situada, flexible, centrada, utópica y proyectista, que sabe de dónde parte y a dónde quiere llegar. Lo que Montaigne llamaba “una cabeza más bien formada que llena”. Advierto al lector que la frase del padre del ensayo francés, en su contexto no se refiere originalmente al alumno sino al docente. La frase completa y mal interpretada dice: “Quisiera yo que (al niño) se le escogiera con cuidado un preceptor con la cabeza más bien formada que llena”. (4)

Colega docente, a nosotros apela: nadie puede enseñar lo que no sabe hacer: mover debidamente la cabeza. Por eso, los institutos de formación docente deberían colocar en el frontispicio, como la otra frase pitagórica, un lema que diga: “Nadie entre aquí si no sabe mover sensatamente la cabeza”.
   
  Notas
1.- Están los que cumplen con la explicación del padre al chico que le preguntaba: “¿Por qué se mueve la veleta? El padre, político argentino, le respondió: “Para indicar al viento hacia donde debe soplar”.
2.- El término lo aplicó Aristófanes. Y un coplista argentino lo utilizó: “Ten cuidado donde pisas/ no seas nefelibata/ porque en las nubes también/ se puede meter la pata”.
3.- McLuhan nos advertía, ya hacia 1970 que: “Manejamos hacia delante mirando por el espejo retrovisor”.
4.- De la educación de los niños, Essais, Libro I, XXV. Creo acertado traducir lo de “faite” como “formado” o “bien dispuesto”, más que como “hecho”.
 
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